martes, 15 de abril de 2014

15 / 04 / 14



Cornerrollo (casi) mensual

Siempre que se debate entre amigos la diferencia entre hombres y mujeres, (hablamos de debates serios, nada que pueda sacarse de esperpentos tipo “las mujeres son de marte, los hombres son de venus”) uno de los temas que sobresalen es la facilidad, y al mismo tiempo el descuido, de los hombres al orinar.

No voy a meterme en aspectos fundamentales de la cuestión porque sí, nos resulta sencillo y sí, (a veces) somos descuidados. Pero creo que hay cierta mitificación sobre el proceso que siguen los hombres cuando acuden al lavabo. Muchas parecen pensar que se trata tan solo de enfocar la manguera, abrir el grifo y apuntar el chorro hacia su destino. Y siendo así, no me extraña su enfado cada vez que descubren alguna gota fuera de su cesto.

Pero en realidad es mucho más complicado que eso. Por mucho que nos esforcemos, durante el proceso se producen complicaciones inesperadas que no están en la mano (como lo está la manguera) del bombero en cuestión. 

Para empezar, hay que olvidarse del mito del chorro uniforme. De serlo, apoyaría de buen grado la utilización de la lengua como recogedor por castigo por cada gota de ácido úrico desperdigado. Sin embargo, por mucha concentración, por mucha intensidad, por mucho interés que le pongamos, nuestro chorro tiene vida propia.

No se trata de una vida “real”, claro. Nadie en su sano juicio le pondría nombre al agua de su manantial, ni le hablaría, ni le recompensaría por la intensidad de su olor o la claridad de su color. Bastante tenemos con los que nombran a su manguera con motes del tipo “grandullón”, “calvito klein” o “la pértiga de Serguéi Bubka“ para avergonzarnos.

El concepto fundamental con el que os debéis quedar es este. Nunca sabes hacia dónde ni como saldrá.

A veces, tras colocarte en posición (rodillas semiflexionadas, piernas abiertas equidistantes a la taza, mirada clavada en el objetivo, mano guía dirigiendo la cabeza de la manguera), el chorro decide funcionar en modo aspersor. De pronto, el cabal de agua que esperabas surgiera concentrado como un láser brota en abanico, ampliando por seis su radio de impacto. Intentas dirigirlo como puedes utilizando toda opción a tu alcance. Ambas manos, flexionar las rodillas para reducir la distancia con la taza, intentar relajar la vejiga… Todo. Pero es demasiado tarde. La propagación se ha producido. 

Otras veces se produce el llamado “modo bífido”. Sin venir a cuento, el chorro se bifurca creando dos chorros autónomos. El problema de este modo es que podemos quedarnos embelesados admirando las figuras que, como en un campeonato de natación sincronizada, crean los chorros, cruzándose, separándose y volviéndose a unir como los rayos de protones de los cazafantasmas. 

Por no hablar de la erección matinal, que puestos a ser puntilloso, os diré que no es por vosotras, sino que es el modo en que nuestro cuerpo nos dice lo contento de estar de seguir vivo. Luchar contra la erección, es como intentar controlar una manguera de bombero abandonada a su suerte. La presión del agua hace que salte de un lado a otro, se eleve y descienda con brusquedad o haga círculos concéntricos como una cobra enfurecida. 

Como veis, el proceso es algo más complicado de lo que parecía. Aun así, está claro que del mismo modo que ensuciamos, podemos y debemos limpiar el estropicio. Eso no quita que alguna gota pueda escapar alguna vez a nuestra concienzuda desinfección, del mismo modo que no evita que quien es un cerdo con el resto de sus quehaceres, lo sea también a la hora de usar el baño. Pero es un error meternos a todos en el mismo saco.

Y sí, todo se solucionaría meando sentados. Aunque si nos ponemos así, también se solucionaría poniendo urinarios de pared del mismo modo que muchos baños disponen de bidé. 

En fin, se trata de un debate largo en el que todas las partes pueden utilizar razonamientos acertados para defenderlos. Por mi parte sólo veo una solución. Mear en el Bar.

¡Un abrazote!

P.D. Podría elegir otros temas, pero afrontémoslo, el pis vende.

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