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viernes, 31 de enero de 2014

31 / 01 / 13



Cornerrollo diario

Hay mucha gente que no sabe cómo se juega al “juego del agua” y es una pena, porque además de divertido, rejuvenece y fortalece nuestro cuerpo y nuestra mente.

Para empezar, sólo se necesita un calentador de más de 15 años con una salida de gases defectuosa. En términos humanos sería el equivalente a una noche gaseosa tras la ingesta de un buen plato de fabada, coliflor o cualquier alimento con efectos nocivos (para los demás).

Las reglas son sencillas. Pierde el que se congela, quien se queda a medio enjabonar o el primero que grita un improperio cuando desaparece el agua caliente.

Para ganar, hay que tener una gran cantidad de habilidades que sólo se adquieren con la práctica. 

Primero: un excelente control mental del paso del tiempo. Sabes que sólo tienes entre 3 y 5 minutos de agua caliente. Si lo superas, manguerazo guantanamesco. Recomiendo realizar varias sesiones frente a un cronómetro contando mentalmente para adaptar tu ritmo al segundero. Y no, los elefantes y los Mississipis no sirven para nada.

Segundo: Control motriz que permita enjabonar cuerpo y pelo a dos manos. Este es quizá, el punto más complicado, pues casi todos tenemos una mano dominante, que enjabona a la perfección y otra que… dejémoslo en que frota de manera desinteresada. Así que tendrás que elegir. Cabello graso o restos jabonosos axilares.

Tercero y último: Una resistencia Siberiana al frío intenso. No puedo dar consejos, pero yo e entreno en la sección de congelados del Mercadona, que sería mi equivalente a las escaleras de Rocky. Si consigo que no se me desprendan los pezones, estoy preparado.

Animaos y jugad. Es toda una experiencia. Y, en todo caso, también tiene ventajas. ¿Quién no ha querido alguna vez hacer pompas de jabón con el sobaco?

¡Un abrazote!


P.D. Hoy toca pelo graso. 

viernes, 24 de enero de 2014

24 / 01 / 14


Los transportes públicos, y el metro en particular, no están hechos para ser cómodos, sino eficaces. Los asientos son duros, estrechos y siempre se producen rozamientos que pueden ir de lo excitante a lo incómodo en cuestión de segundos.

En general, la gente hace un buen uso de las instalaciones. Todos somos personas, todos estamos cansados, todos somos expertos jugadores del juego de las sillas y sabemos cómo empujar disimuladamente para conseguir ese preciado asiento. 

Una vez conseguido, te adaptas al espacio reducido. Juntas las piernas, metes los codos y te preparas para algún que otro pisotón o aplastamiento. Sin embargo, dentro de esta jungla humana, aparece la figura del "hombre promoción". Sí, desgraciadamente para mi sexo, siempre es un hombre. Lo reconoceréis facilmente por su Modus Operandi.

Nada más conseguir su asiento, sus piernas se abren como si hubieran sido concebidas con un muelle genético. Puedes incluso oír el ¡Crunch! con que se acompaña la operación. Y una vez esas piernas han alcanzado su cénit de apertura nada, repito, nada conseguirá que se cierren.

Ahí está, ahí lo tenemos. El hombre promoción y su entrepierna ventilada. Ocupando dos espacios y gritando (metafóricamente) estos son mis huevos, están en este lugar y quiero que el resto disfrute de la experiencia visual. 

Por mucho que lo intentes, si te toca sentarte junto al hombre promoción, ninguna de tus artimañas funcionará para que la estancia de tus glúteos resulte mínimamente placentera. Puedes empujar, carraspear, echar miradas asesinas... Nada perturba la abertura de nuestro hombre. Las miradas paqueteras tampoco funcionan. Es más, pueden ser contraproducentes y hacer que la abertura alcance el nivel Van Damme en un abrir y cerrar de ojos. 

Soy hombre. Tampoco me gusta que mi pequeño amigo viaje encajonado pero venga... Incluso él puede llegar a ser persona.

¡Un abrazote!

P.D. En el sofá de mi casa sí que soy un hombre promoción. Aunque en constantes rebajas.


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