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miércoles, 15 de abril de 2015

la ley del aborto



Mitad de semana, Champions de infarto y macarrones para comer. 
Que no digan que no soy fácil de contentar.

¡Un abrazote!

miércoles, 24 de septiembre de 2014

El adiós de Gallardón y las amenazas de desnudar a Emma Watson.

¿Qué os decía yo? Menuda semanita. A un buen Lunes Noticiero, le siguió un excelente Martes, con la retirada de la ley del aborto, la dimisión de Gallardón, la detención del presunto pederasta de ciudad lineal, la amenaza de los Hackers de desnudar a Emma Watson por proponer ideas tan descabelladas como la igualdad de género y tres días consecutivos de ausencia de mojón Paquirrinesco.

Y Gallardón podrá ser muchas cosas, pero al menos es un político en el sentido más estricto de lo que un político debería ser. Ha luchado por llevar los compromisos que anunciaron en el programa del PP (sí, la reforma de la ley del aborto lo estaba, no era el deseo de un político solitario que desoía al resto del partido, y recibió mayoría absoluta) y cuando no ha sido capaz de realizar sus funciones, ha admitido su fracaso y ha dimitido (pero de verdad, dejando su escaño de diputado incluso)

Sólo por eso, para mí ya merece respeto (y eso que le he dado caña, cañita, cañera durante bastante tiempo) Muchos políticos deberían aprender de él. 

Mientras tanto, esperando excitado qué nos deparará este miércoles de la que yo ya empiezo a llamar, "semana fantástica"

¡Un abrazote!






jueves, 18 de septiembre de 2014

Escocia, Independencia, aborto y Galladón.

Todos estamos excitadísimos por las elecciones que se celebran en escocia, ese país que tanto nos importa y del que tanto conocemos. Cualquier ciudadano de a pie puede informarte de las maravillas que guarda, de su gente, de su cultura y de de estado citando a Sean Connery, a William Wallace, las gaitas y las faldas a cuadros.

No creo que a estas alturas nadie dude del pasotismo con que se viviría esta noticia de no ser por la consulta catalana.

Y como viene al pelo, más allá de lo que yo opine o deje de opinar sobre el caso (no me escondo, creo que la consulta se debería celebrar), lo que más me llama la atención es el alarmismo creado (por ambos bandos) para algo que ni siquiera es legalmente vinculante.

Para que se entienda. La consulta que se pretende tiene el mismo valor que una encuesta telefónica del CIS de esas que te despierta a las once de la noche para preguntarte tu opinión sobre las llamadas de políticos a programas de televisión.

Y sabiendo esto... Que si sanciones, que si tanques, que si suspensiones de autonomía, que si desobediencia civil...

¿Si usan todo esto ahora, qué recursos quedan para el hipotético momento en que se celebrara una votación real? ¿Bomba atómica? ¿Ébola? ¿Paquirrín lanzando mojones en scooter?

A ver si se calman los ánimos y dejamos de usar estos temas para desviar nuestra atención de los problemas que realmente la merecen.

¡Un abrazote!



miércoles, 5 de marzo de 2014

05 / 03 / 14



Cornerrollo diario

Hoy me gustaría hablar sobre las edades del hombre (como si hubiera alguien que pudiera impedírmelo), no tanto por tener un interés antropológico sobre el tema, que no lo tengo, sino porque creo sinceramente que las etapas en que se ha dividido nuestra existencia no están bien delimitadas.

Solemos definir esta clasificación: niñez, pubertad, juventud, edad adulta, madurez y tercera edad. 

La niñez,  también denominada “48 horas más (de sueño)”, transcurre entre el nacimiento y los 12 años. La pubertad, que recibe el subtítulo de “la profecía” o “el exorcista”, comprende de los 12 a los 18 años. 

La juventud, que también conocida como “Jo, qué noche” o “Aquellas juergas Universitarias”, comprende de los 18 a los 25 años. La madurez, llamada en los círculos filosóficos “una cana al aire” o “I’m too old for this shit”, va desde los 25 a los 45 años. 

La edad adulta, subtitulada como “Crisis de identidad” o “Estos pantalones vaqueros aún me entran”, de los 45 a los 60 años. Y por último, la tercera edad,  conocida también por “Este muerto está muy vivo” o “El abuelo tiene un plan”, que va desde los 65 años a la muerte (super yuyu).

Para definir las fronteras entre una y otra etapa, seguimos tirando de tópicos que ya han quedado obsoletos. Decimos, por ejemplo, que la niñez termina con la aparición del primer grano pubescente, o que la misma pubertad, acaba cuando en vez de un grito y un aspaviento seguido de un “tú no lo entiendes, tú no entiendes nada” dedicado a tus padres, empiezas a formar palabras y a construir frases de forma coherente. 

En la mayoría de los casos, estas fronteras son realistas, pero incompletas.
Para empezar, la infancia se debería distribuir en tres grandes bloques. La primera es aquella en que no eres más que una larva balbuceante que come, chilla, duerme  y defeca de forma más regular que un consumidor de All Bran. Esta etapa termina en el momento en que el pequeño Gusiluz te mira y pregunta ¿Por qué?

Abiertas las puertas del infierno a los “porqués” que terminan invariablemente con un “porque yo lo digo, ¿vale?” nos metemos de lleno en la segunda gran etapa donde aparecen los GIJOes y las Barbies (Diós, qué viejo soy), los pocoyós, los cuentos repetitivos, las canciones repetitivas, las películas repetitivas, los ataques de nervios (parentales) repetitivos y que concluirá, súbitamente, con la aparición del primer póster de Milley Cyrus, Justin Beaver, One Direction o sucedáneo que aparezca en el futuro. 

Abrazada la religión “Disneyriana”, la infancia correrá en pos de la pubertad a una velocidad vertiginosa, descubriendo los vestidos-disfraces, la purpurina, las zapatillas de deporte brillantes, los móviles, las consolas, las princesas Disney, las calcomanías tatuaje, las gafas, la ortodoncia, la posesividad (mi cuarto es mío), la puerta cerrada, los mensajitos, las libretitas con corazones, los mangas salidos y multitud de otras referencias que estoy seguro se os ocurren ahora mismo.

Y si bien es cierto que los granos marcan en cierta manera la aparición de la pubertad, en esta sociedad avanzada primero las mujeres (qué puedo decir, siempre van un paso por delante) y después los hombres llegarán a ella mediante dos gestos exclusivos.

Para ellas, es el cambio de dirección de melena. ¿No sabéis qué es?, ¿no lo visualizáis? Pensad en esto. Chiquilla, 13 años recién cumplidos. Pelo largo (o media melena). Diademas o clips opcionales. Sin venir a cuento, sin previo aviso, sentada en su pupitre de clase, tomando apuntes (¿aún los toman?) deja todo lo que está haciendo y alza la mano derecha o izquierda (hay que elegir, no es un movimiento pensado para la ambivalencia “bracística”) la lleva al nacimiento de su cabello (lado opuesto de la mano escogida) y con gracia y picardía ¡Zas! cambia la dirección de su peinado de un lado a otro seguida de una sonrisa pizpireta asignada a algún objetivo (hembra o varón) que se derrite al contemplarla. Ese, ese es el momento en que empieza la pubertad para ellas.

El de los chicos es bastante menos sutil (va en los genes) y prácticamente no ha cambiado en lo que llevamos de existencia. Se llama “¡Es que no sabes llamar a la puerta!” seguido de saltitos, cierre de cremallera, enrojecimiento facial y vergüenza sublimada.

Toc, toc, ¿quién es? SOY LA PUBERTAD.

Lo dejaremos por hoy, porque en esta sociedad internauta más de 14.000 palabras resulta un suicidio editorial. Mañana continuará. Y mientras tanto…

¡Un abrazote!

P.D. Mi pubertad llegó a los 20 años. ¡Y seguís sin entenderme, sin entender nada! 

miércoles, 19 de febrero de 2014

19 / 02 / 14


Cornerrollo diario

Puesto que la naturaleza es sabia, parece lógico que  dote a sus creaciones del instinto necesario para su supervivencia. Es por eso que toda especia animal, vegetal o celular tiene como objetivo primario la reproducción. Siendo así, que lo es, siempre me han impresionado aquellas personas que luchan, sea por el motivo que sea, contra un instinto irracional que viene instalado  de serie en su genoma básico.

Pues sí. El celibato me confunde tanto como a Dinio la noche, la mañana, el mediodía y las comidas sin pan. No tanto por las razones que puedan llevar a él, todas me parecen perfectamente válidas, sino por la firme voluntad que se necesita para llevarla a buen término. ¿O quizá no es así?

Con esta pregunta en mente, y por razones que no vienen al caso, hace un mes decidí meterme de cabeza a comprobar de primera mano si es posible una vida sin impulso sexual. Como buen adicto, lo primero fue deshacerme de todo aquello que pudiera hacerme recaer. Las salidas nocturnas no hacían falta suprimirlas, no me como un torrao, y la era digital permite, valga la redundancia, eliminar todo el material pernicioso con un solo dedo.

Libre de tentaciones me dispuse a experimentar este nuevo estado físico y mental. Os lo puedo adelantar. No es nada fácil.

Los primeros síntomas aparecen entre el segundo y el tercer día. Estrés, malhumor, bordería de nivel profesional y pequeños tics que no había sufrido nunca, como el tamborileo incesante de dedos sobre la mesa (¡triquitic!, ¡triquitic!, ¡triquitic!), zapateado continuo (¡Tap!, ¡Tap!, ¡Tap!) y el descubrimiento de la uña del pulgar como sustituto a la comida rápida (¡un Mcuñero, por favor!).

Pasada esta primera etapa de desintoxicación, el cuerpo parece relajarse y abandonar todos estos hábitos recién adquiridos. Las amenazas de muerte, dolor y sufrimiento, no precisamente en este orden, de tus compañeros de trabajo y de piso, resultan de gran utilidad llegados a este punto. Y de repente, te encuentras con una enorme vitalidad y energía que supura por cada uno de tus poros y que no tienes por donde canalizar. Para intentar paliar el problema, recuperas ejercicios perdidos para músculos que desconocías poseer (abdominales, ese amigo invisible, pectorales, ¿se puede vivir sin ellos?) lo que te permite, poco a poco, eliminar la ansiedad e instalarte en un estado de calma Zen.

Y es en ese preciso momento, cuando tu cuerpo vive en ese estado de calma, cuando tu mente se pone en tu contra. Nunca, y repito nunca, había tenido sueños eróticos más vívidos, más reales y más raros que los que empecé a tener a mediados de mes. Ya no sólo por la depravación, me conozco bastante bien para saber y aceptar que soy un guarro sin remedio, sino porque no había ningún tipo de limitación. Personas a las que nunca he encontrado atractivas se me han aparecido e insinuado, criaturas de películas a las que hasta entonces nunca hubiera dado un significado erótico, resultaban excitantes, Pilar Rahola me hizo disfrutar de la sesión sadomasoquista más desinhibida de mi vida…

Y entonces te despiertas y luchas durante un cuarto de hora con tu erecto amigito para poder realizar una micción de puntería controlada (imposible, prepara el mocho). 
Y la cosa no para ahí. Acabas de entrar en la era de la erección sorpresa. Sabes que está ahí, agazapada, esperando. Pero nunca sabes cuándo va a atacar. ¿Será en un espacio público? (lo será), ¿en una reunión de trabajo? (lo será), ¿En un bautizo familiar? (Lo será tres veces). 

Cualquier cosa activará los impulsos cerebrales que ordenan a tu miembro reaccionar con virulencia. Y digo cualquier cosa. Una pierna, un escote, un helado, la sección de herramientas de la ferretería, no hay lugar donde permanecer a salvo. Y tengo suerte (creo que es la primera vez que le llamo suerte a esto) de no ser un hombre desproporcionado, por lo que la mayoría de las veces pude escapar del problema sin demasiada vergüenza, aunque la gente acaba sospechando por tus andares patizambos de jinete escocido.

Pese a todo, decidí continuar hasta completar el mes del que hoy cumplo mi último día. Y no veo la hora de encerrarme en el baño, llenar la bañera con sales y espuma y dedicarme un merecido homenaje (Tranquila, lo limpiaré todo con desinfectante al terminar).

La verdad es que no he sacado demasiadas conclusiones del experimento. Supongo que se necesita bastante más tiempo para confeccionar una teoría válida, aparte de que sólo puedo hablar por una mitad de la población, claro. Lo que sé es que prefiero seguir aliviándome antes de encontrarme de nuevo bajo las cadenas y el látigo de siete púas de Pilar Rahola.

¡Un abrazote! (sin apretar, que soy débil)

P.D. Si necesitáis crema hidratante, no paséis hoy por el Mercadona de las Arenas. Han agotado existencias.

viernes, 14 de febrero de 2014

14 / 02 / 14




Ayer me resultó imposible publicar las viñetas del día. Resulta que, después de todo, tengo algo en común con el ministro Wert; problemas de agenda. Claro que lo mío es un problema puntual y se cura con un par de ibuprofenos. La estupidez, por desgracia, es crónica para algunos individuos.

Hoy quería dedicar el cornerrollo a San Valentín (lo merece) pero como me había comprometido a terminar mi manual de supersexing para mujeres, y las amenazas de muerte y los piropos superlativos que me habéis hecho llegar son gasolina súper (de la cara) para mi organismo, aquí tenéis, recién salido del teclado manchado de café de mi mesa…

Manual (sin ninguna garantía, sin ningún éxito del que presumir, sin ninguna prueba de que se haya probado) del Supersexing. Volumen II. Mujeres.

Muchos (sobretodo muchas) se estarán preguntando, qué sabrá este hombre de cómo deben ligar las mujeres. La respuesta es más que obvia. Ninguna. Soy un analfabeto del ligoteo en general, pero un buen observador de la naturaleza. Soy el Félix Rodriguez de la Fuente del comportamiento humano (sin sangre y sin música bailoteable como cabecera)

Para empezar, un consejo de vestuario. Olvidad las camisetas que realzan vuestra figura, los tacones, las chaquetas que acentúan las curvas, esos vestido con el qué incluso los fulares quedan bien, las sombras de ojos de mirada penetrante, los colores chillones atrapamandriles en los labios. Sí, pueden ser estratagemas que ayudan en cualquier otro lugar, pero en el supermercado, están destinadas al fracaso. 

Somos animales de costumbres, y cualquier actitud fuera de lugar, en vez de atracción, provoca recelo. Si un hombre se encuentra a una mujer vestida de sábado noche en un supermercado, siendo ese día cualquier otro de la semana que no sea precisamente un sábado noche, pensará antes en robos, timos, peligro, adicción o Gremlins que en un intento de seducción. Por tanto, sé tú misma. Viste cómoda (pero no tanto como para indicar que vives con 30 gatos que se comerán los restos de tu cuerpo cuando nadie te encuentre en tu piso), informal. Tu meta es la compra. La seducción una graciosa casualidad.

No hace falta que conduzcas un carro todoterreno. Nadie (hablo del género masculino), repito, nadie se fijará en tu compra. Ya puedes colocar los productos necesarios para fabricar una bomba casera que ningún hombre reparará en ello. Así que, por comodidad, utiliza el carrito perro faldero. 

En esto de la atracción, está claro que para gustos, colores. Pero no viene mal saber qué tipo de gente pulula por según qué secciones para que puedas dibujar tu propio mapa de caza.

En la sección de bollos, chocolates y caramelos varios encontrarás a dos tipos bien definidos. Por un lado, el hombre para el que el chocolate es el equivalente a una muñeca hinchable. Todas sus frustraciones diarias, sexuales o no, se diluyen entre cacao en polvo, gominolas de colores, madalenas rellenas y ensaimadas de crema que acaban con un high five (o en cristiano, un rechupeteo de dedos, del pulgar al meñique, después de cualquier deglución)

Por otro lado, encontrarás al chocolatero exigente, aquel que se cuida tanto que, para él, elegir la golosina adecuada, aquella que se permitirá comer después de días de abstinencia, ha de ser una experiencia casi mística. Pasará minutos enteros dudando entre dos productos hasta que, finalmente, y con gran pesar, dejará uno de ellos en el estante.

La sección de congelados es un mundo aparte. Aléjate de aquellos que sólo acceden a este pasillo cuando hay mujeres. Son científicos salidos que sólo desean conocer, admirar e incluso rozar de manera “involuntaria”, el resultado de la acción que el frío extremo provoca en los senos femeninos (para aquellas que se escandalicen, sí, lo he visto en segunda persona).

En esta sección encontrarás a estudiantes, solteros sin experiencia culinaria recién salidos de las faldas de sus madres, adictos al trabajo y futboleros extremos (de los que miran, no de los que juegan)

La sección que da más juego, por supuesto, es la de las verduras. Suele ser una zona de paso primaria de todo supermercado y, las actitudes de las presas, más claras y contundentes. 

Si pasa por la frutería como si huyera de la sección de perfumería del corte inglés, esquivando el brócoli como a los lanza muestras, estás ante un carnívoro convencido. No tiene nada de malo, como ninguno de los nombrados hasta ahora, pero suele ser un maniático con la comida. Está también el hombre fruta. Cargará peras, manzanas, naranjas y papayas hasta los topes. Es un hombre sano, que se cuida mucho y, atentas, que quiere que su pareja se cuide de la misma forma que lo hace él. Así que, si lo eliges, prepárate a comer mango (ay, qué juego de palabras más desafortunado). 

Otro espécimen interesante es el que observa las verduras como si intentara descifrar el código genético que une a humanos y animales. No sabe la diferencia entre una col y una lechuga y se nota. No es un hombre peligroso, pero sí un preguntador. Si te alteran los hombres que te preguntan cada cinco segundos, en cualquier situación, ¿estás bien? ¿Y ahora? ¿Mejor así? Evítalo sin dudarlo.

El contacto físico directo es desaconsejable. El hombre huirá como el ciervo que escucha el crepitar de una rama en un bosque silencioso. Todo contacto debe hacerse de manera casual. Las manos pueden tocarse al intentar coger un producto (coqueteo de alto nivel), roces sutiles en pasillos abarrotados o contactos en el subsuelo de los estantes donde prima el equilibrio.

Una de las estrategias más exitosas es la de la botella de agua de 8 litros. Estaréis pensando ya está, la estrategia de la mujer desvalida que no puede con objetos pesados en pleno S.XXI. No. Todo lo contrario. El plan se desarrolla así. Si ves a alguien que te gusta, colócate justo delante de él. Llevarás tu compra en el carrito y la botella de agua justo al lado. Cuando sea tu turno, coloca tu compra en la mesa y “olvida” la botella de agua. 

Hay tres opciones: Primera. El hombre suda de tu olvido. Por lo que el tío no merece la pena. Dos. Te recuerda amablemente que te has olvidado el agua, pero no hace ningún intento por cogerla. Es buena gente, pero probablemente no esté interesado. Tres. No sólo te avisa sino que, además, sube la botella a la cajera. Ha mordido el anzuelo. Muestra interés y da pie a iniciar una conversación. Y si todo va bien, siempre te puede llevar la botella, muy pesada( sí, en pleno S.XXI), hasta casa. 

Hay muchas más estrategias, claro, pero lo fundamental es que escojas la que a ti te sirva siguiendo las advertencias que os he dado. 

Lo dejo por hoy que me he extendido el triple de lo habitual (qué me pasa con las mujeres que no puedo dejar de hablar de ellas)

¡Un abrazote!

P.D. Me alquilo como Dummy de pruebas para que probéis vuestras propias estrategias de supersexing. Interesadas mandad un mensaje con el super y la hora.
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