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miércoles, 15 de abril de 2015

la ley del aborto



Mitad de semana, Champions de infarto y macarrones para comer. 
Que no digan que no soy fácil de contentar.

¡Un abrazote!

jueves, 25 de septiembre de 2014

Retiradas múltiples: Adiós a la Ley del Aborto y al IOS 8 de apple

Llegamos al Miercoles de la semana fantástica Noticiera. Como todo intermedio, es mucho más calmado que el preludio y el tercer acto, pero aun así, no está mal. Nos enteramos, por ejemplo, de que en 10 días es posible que podamos ver a la Pantoja acompañada de Mojirrín entrar en prisión. Dimite (¡dos en dos días! ¡Dimitir! ¡En España!) el presidente de RTVE por ser contrario a iniciar un Ere en la empresa, y se establece la fecha en que Mas firmará la ley de consultas catalanas, el Sábado, impidiendo futuros ataques cardíacos que estaban a punto de producirse en el seno del PP.

No está mal. Y teniendo en cuenta que Ana Pastor entrevistará a Mas el día después de la firma, todo apunta a que tendremos un clímax bien calentito antes de llegar al Domingo. 

Ya me froto las manos y saco punta a mi lápiz (digital).

Entretanto,

¡Un abrazote!


L

jueves, 18 de septiembre de 2014

Escocia, Independencia, aborto y Galladón.

Todos estamos excitadísimos por las elecciones que se celebran en escocia, ese país que tanto nos importa y del que tanto conocemos. Cualquier ciudadano de a pie puede informarte de las maravillas que guarda, de su gente, de su cultura y de de estado citando a Sean Connery, a William Wallace, las gaitas y las faldas a cuadros.

No creo que a estas alturas nadie dude del pasotismo con que se viviría esta noticia de no ser por la consulta catalana.

Y como viene al pelo, más allá de lo que yo opine o deje de opinar sobre el caso (no me escondo, creo que la consulta se debería celebrar), lo que más me llama la atención es el alarmismo creado (por ambos bandos) para algo que ni siquiera es legalmente vinculante.

Para que se entienda. La consulta que se pretende tiene el mismo valor que una encuesta telefónica del CIS de esas que te despierta a las once de la noche para preguntarte tu opinión sobre las llamadas de políticos a programas de televisión.

Y sabiendo esto... Que si sanciones, que si tanques, que si suspensiones de autonomía, que si desobediencia civil...

¿Si usan todo esto ahora, qué recursos quedan para el hipotético momento en que se celebrara una votación real? ¿Bomba atómica? ¿Ébola? ¿Paquirrín lanzando mojones en scooter?

A ver si se calman los ánimos y dejamos de usar estos temas para desviar nuestra atención de los problemas que realmente la merecen.

¡Un abrazote!



viernes, 23 de mayo de 2014

Galladrdón, aborto, Iva cultural



Últimas viñetas de la semana. Disfrutadlas tanto como yo sufro pensándolas y pasad un buen fin de semana.
No os olvidéis de pasaros por la Fiesta de la democracia. Quién sabe, a lo mejor incluso me encontráis en la mesa electoral.
Si puedo, haré un especial elecciones en Twitter con el título #Cornecciones . ¡No os lo perdáis!
¡Un abrazote!

jueves, 27 de marzo de 2014

27 / 03 / 14



Intentaré sacar tiempo de la chistera para terminar hoy un cornerrollo. ¡A ver si me dejan!

¡Un abrazote!

miércoles, 5 de marzo de 2014

05 / 03 / 14



Cornerrollo diario

Hoy me gustaría hablar sobre las edades del hombre (como si hubiera alguien que pudiera impedírmelo), no tanto por tener un interés antropológico sobre el tema, que no lo tengo, sino porque creo sinceramente que las etapas en que se ha dividido nuestra existencia no están bien delimitadas.

Solemos definir esta clasificación: niñez, pubertad, juventud, edad adulta, madurez y tercera edad. 

La niñez,  también denominada “48 horas más (de sueño)”, transcurre entre el nacimiento y los 12 años. La pubertad, que recibe el subtítulo de “la profecía” o “el exorcista”, comprende de los 12 a los 18 años. 

La juventud, que también conocida como “Jo, qué noche” o “Aquellas juergas Universitarias”, comprende de los 18 a los 25 años. La madurez, llamada en los círculos filosóficos “una cana al aire” o “I’m too old for this shit”, va desde los 25 a los 45 años. 

La edad adulta, subtitulada como “Crisis de identidad” o “Estos pantalones vaqueros aún me entran”, de los 45 a los 60 años. Y por último, la tercera edad,  conocida también por “Este muerto está muy vivo” o “El abuelo tiene un plan”, que va desde los 65 años a la muerte (super yuyu).

Para definir las fronteras entre una y otra etapa, seguimos tirando de tópicos que ya han quedado obsoletos. Decimos, por ejemplo, que la niñez termina con la aparición del primer grano pubescente, o que la misma pubertad, acaba cuando en vez de un grito y un aspaviento seguido de un “tú no lo entiendes, tú no entiendes nada” dedicado a tus padres, empiezas a formar palabras y a construir frases de forma coherente. 

En la mayoría de los casos, estas fronteras son realistas, pero incompletas.
Para empezar, la infancia se debería distribuir en tres grandes bloques. La primera es aquella en que no eres más que una larva balbuceante que come, chilla, duerme  y defeca de forma más regular que un consumidor de All Bran. Esta etapa termina en el momento en que el pequeño Gusiluz te mira y pregunta ¿Por qué?

Abiertas las puertas del infierno a los “porqués” que terminan invariablemente con un “porque yo lo digo, ¿vale?” nos metemos de lleno en la segunda gran etapa donde aparecen los GIJOes y las Barbies (Diós, qué viejo soy), los pocoyós, los cuentos repetitivos, las canciones repetitivas, las películas repetitivas, los ataques de nervios (parentales) repetitivos y que concluirá, súbitamente, con la aparición del primer póster de Milley Cyrus, Justin Beaver, One Direction o sucedáneo que aparezca en el futuro. 

Abrazada la religión “Disneyriana”, la infancia correrá en pos de la pubertad a una velocidad vertiginosa, descubriendo los vestidos-disfraces, la purpurina, las zapatillas de deporte brillantes, los móviles, las consolas, las princesas Disney, las calcomanías tatuaje, las gafas, la ortodoncia, la posesividad (mi cuarto es mío), la puerta cerrada, los mensajitos, las libretitas con corazones, los mangas salidos y multitud de otras referencias que estoy seguro se os ocurren ahora mismo.

Y si bien es cierto que los granos marcan en cierta manera la aparición de la pubertad, en esta sociedad avanzada primero las mujeres (qué puedo decir, siempre van un paso por delante) y después los hombres llegarán a ella mediante dos gestos exclusivos.

Para ellas, es el cambio de dirección de melena. ¿No sabéis qué es?, ¿no lo visualizáis? Pensad en esto. Chiquilla, 13 años recién cumplidos. Pelo largo (o media melena). Diademas o clips opcionales. Sin venir a cuento, sin previo aviso, sentada en su pupitre de clase, tomando apuntes (¿aún los toman?) deja todo lo que está haciendo y alza la mano derecha o izquierda (hay que elegir, no es un movimiento pensado para la ambivalencia “bracística”) la lleva al nacimiento de su cabello (lado opuesto de la mano escogida) y con gracia y picardía ¡Zas! cambia la dirección de su peinado de un lado a otro seguida de una sonrisa pizpireta asignada a algún objetivo (hembra o varón) que se derrite al contemplarla. Ese, ese es el momento en que empieza la pubertad para ellas.

El de los chicos es bastante menos sutil (va en los genes) y prácticamente no ha cambiado en lo que llevamos de existencia. Se llama “¡Es que no sabes llamar a la puerta!” seguido de saltitos, cierre de cremallera, enrojecimiento facial y vergüenza sublimada.

Toc, toc, ¿quién es? SOY LA PUBERTAD.

Lo dejaremos por hoy, porque en esta sociedad internauta más de 14.000 palabras resulta un suicidio editorial. Mañana continuará. Y mientras tanto…

¡Un abrazote!

P.D. Mi pubertad llegó a los 20 años. ¡Y seguís sin entenderme, sin entender nada! 

viernes, 14 de febrero de 2014

14 / 02 / 14




Ayer me resultó imposible publicar las viñetas del día. Resulta que, después de todo, tengo algo en común con el ministro Wert; problemas de agenda. Claro que lo mío es un problema puntual y se cura con un par de ibuprofenos. La estupidez, por desgracia, es crónica para algunos individuos.

Hoy quería dedicar el cornerrollo a San Valentín (lo merece) pero como me había comprometido a terminar mi manual de supersexing para mujeres, y las amenazas de muerte y los piropos superlativos que me habéis hecho llegar son gasolina súper (de la cara) para mi organismo, aquí tenéis, recién salido del teclado manchado de café de mi mesa…

Manual (sin ninguna garantía, sin ningún éxito del que presumir, sin ninguna prueba de que se haya probado) del Supersexing. Volumen II. Mujeres.

Muchos (sobretodo muchas) se estarán preguntando, qué sabrá este hombre de cómo deben ligar las mujeres. La respuesta es más que obvia. Ninguna. Soy un analfabeto del ligoteo en general, pero un buen observador de la naturaleza. Soy el Félix Rodriguez de la Fuente del comportamiento humano (sin sangre y sin música bailoteable como cabecera)

Para empezar, un consejo de vestuario. Olvidad las camisetas que realzan vuestra figura, los tacones, las chaquetas que acentúan las curvas, esos vestido con el qué incluso los fulares quedan bien, las sombras de ojos de mirada penetrante, los colores chillones atrapamandriles en los labios. Sí, pueden ser estratagemas que ayudan en cualquier otro lugar, pero en el supermercado, están destinadas al fracaso. 

Somos animales de costumbres, y cualquier actitud fuera de lugar, en vez de atracción, provoca recelo. Si un hombre se encuentra a una mujer vestida de sábado noche en un supermercado, siendo ese día cualquier otro de la semana que no sea precisamente un sábado noche, pensará antes en robos, timos, peligro, adicción o Gremlins que en un intento de seducción. Por tanto, sé tú misma. Viste cómoda (pero no tanto como para indicar que vives con 30 gatos que se comerán los restos de tu cuerpo cuando nadie te encuentre en tu piso), informal. Tu meta es la compra. La seducción una graciosa casualidad.

No hace falta que conduzcas un carro todoterreno. Nadie (hablo del género masculino), repito, nadie se fijará en tu compra. Ya puedes colocar los productos necesarios para fabricar una bomba casera que ningún hombre reparará en ello. Así que, por comodidad, utiliza el carrito perro faldero. 

En esto de la atracción, está claro que para gustos, colores. Pero no viene mal saber qué tipo de gente pulula por según qué secciones para que puedas dibujar tu propio mapa de caza.

En la sección de bollos, chocolates y caramelos varios encontrarás a dos tipos bien definidos. Por un lado, el hombre para el que el chocolate es el equivalente a una muñeca hinchable. Todas sus frustraciones diarias, sexuales o no, se diluyen entre cacao en polvo, gominolas de colores, madalenas rellenas y ensaimadas de crema que acaban con un high five (o en cristiano, un rechupeteo de dedos, del pulgar al meñique, después de cualquier deglución)

Por otro lado, encontrarás al chocolatero exigente, aquel que se cuida tanto que, para él, elegir la golosina adecuada, aquella que se permitirá comer después de días de abstinencia, ha de ser una experiencia casi mística. Pasará minutos enteros dudando entre dos productos hasta que, finalmente, y con gran pesar, dejará uno de ellos en el estante.

La sección de congelados es un mundo aparte. Aléjate de aquellos que sólo acceden a este pasillo cuando hay mujeres. Son científicos salidos que sólo desean conocer, admirar e incluso rozar de manera “involuntaria”, el resultado de la acción que el frío extremo provoca en los senos femeninos (para aquellas que se escandalicen, sí, lo he visto en segunda persona).

En esta sección encontrarás a estudiantes, solteros sin experiencia culinaria recién salidos de las faldas de sus madres, adictos al trabajo y futboleros extremos (de los que miran, no de los que juegan)

La sección que da más juego, por supuesto, es la de las verduras. Suele ser una zona de paso primaria de todo supermercado y, las actitudes de las presas, más claras y contundentes. 

Si pasa por la frutería como si huyera de la sección de perfumería del corte inglés, esquivando el brócoli como a los lanza muestras, estás ante un carnívoro convencido. No tiene nada de malo, como ninguno de los nombrados hasta ahora, pero suele ser un maniático con la comida. Está también el hombre fruta. Cargará peras, manzanas, naranjas y papayas hasta los topes. Es un hombre sano, que se cuida mucho y, atentas, que quiere que su pareja se cuide de la misma forma que lo hace él. Así que, si lo eliges, prepárate a comer mango (ay, qué juego de palabras más desafortunado). 

Otro espécimen interesante es el que observa las verduras como si intentara descifrar el código genético que une a humanos y animales. No sabe la diferencia entre una col y una lechuga y se nota. No es un hombre peligroso, pero sí un preguntador. Si te alteran los hombres que te preguntan cada cinco segundos, en cualquier situación, ¿estás bien? ¿Y ahora? ¿Mejor así? Evítalo sin dudarlo.

El contacto físico directo es desaconsejable. El hombre huirá como el ciervo que escucha el crepitar de una rama en un bosque silencioso. Todo contacto debe hacerse de manera casual. Las manos pueden tocarse al intentar coger un producto (coqueteo de alto nivel), roces sutiles en pasillos abarrotados o contactos en el subsuelo de los estantes donde prima el equilibrio.

Una de las estrategias más exitosas es la de la botella de agua de 8 litros. Estaréis pensando ya está, la estrategia de la mujer desvalida que no puede con objetos pesados en pleno S.XXI. No. Todo lo contrario. El plan se desarrolla así. Si ves a alguien que te gusta, colócate justo delante de él. Llevarás tu compra en el carrito y la botella de agua justo al lado. Cuando sea tu turno, coloca tu compra en la mesa y “olvida” la botella de agua. 

Hay tres opciones: Primera. El hombre suda de tu olvido. Por lo que el tío no merece la pena. Dos. Te recuerda amablemente que te has olvidado el agua, pero no hace ningún intento por cogerla. Es buena gente, pero probablemente no esté interesado. Tres. No sólo te avisa sino que, además, sube la botella a la cajera. Ha mordido el anzuelo. Muestra interés y da pie a iniciar una conversación. Y si todo va bien, siempre te puede llevar la botella, muy pesada( sí, en pleno S.XXI), hasta casa. 

Hay muchas más estrategias, claro, pero lo fundamental es que escojas la que a ti te sirva siguiendo las advertencias que os he dado. 

Lo dejo por hoy que me he extendido el triple de lo habitual (qué me pasa con las mujeres que no puedo dejar de hablar de ellas)

¡Un abrazote!

P.D. Me alquilo como Dummy de pruebas para que probéis vuestras propias estrategias de supersexing. Interesadas mandad un mensaje con el super y la hora.

miércoles, 12 de febrero de 2014

12 / 02 / 14


Cornerrollo diario

Conforme avanzamos como especie, nos llegan multitud de nuevas palabras que debemos incorporar a nuestro léxico diario. Palabras como ciclogénesis explosiva (tormenta del copón), Blogging (escribir en internet en vez de visitar a un psicólogo) o contrato laboral satisfactorio (desconocido) son ahora tan habituales como decir coliflor, canasta o “Mecagüenlosquemandan”.

Sin embargo, hay una que aún no se ha difundido (quizá incluso acuñado) que es el supersexting. Como sé que sois personas con bastante tiempo libre (estar leyendo esto es una prueba irrefutable), ahora os estaréis preguntando ¿qué es eso?, ¡ardo en deseos de saberlo!

Pues no es más que el antiguo arte de ligar en los supermercados. Y digo arte, pues no es innato, sino que lleva horas y horas de práctica el llegar a hacerlo mínimamente bien. ¿Pero cómo se hace? Aquí van unas ayuditas

Manual (sin ninguna garantía, sin ningún éxito del que presumir, sin ninguna prueba de que se haya probado) del Supersexing. Volumen I. Hombres.

Lo primero que hay que hacer es quitarse todas las inseguridades de encima. Soy pobre, no tengo nada que ofrecer, quién me va a mirar… Desengáñate. Nadie busca a su príncipe azul millonario en un Día. El super proporciona igualdad de condiciones. Si quieres excelencia, ve a la zona Gourmet del Corte Inglés.

Pasos básicos: Coge un carro de los grandes. Sí, ya sé, son un coñazo si el super es estrecho, nunca te acuerdas de dónde lo aparcaste y casi siempre te olvidas de llevar 1 euro para sacarlo. Pero es importante. Tu aspecto dirá tanto de ti como tu compra. Nadie mirará lo que llevas en uno de esos carros caniche. Necesitas promoción.

No acumules comida preparada, sobres o latas. Lo que ven es a un tipo solitario al que su madre hizo siempre la comida, o un loco que intenta abastecerse para sobrevivir al fin del mundo. Elige comida sana. Evita las carnes, aunque una buena tabla de patés puede sorprender. Acumula las verduras y la fruta, da igual cuáles siempre que estén en buen estado y sean de colores chillones, en lo alto del carro. Su reflejo mejorará tu cutis y el rojo y el verde darán un aspecto juvenil y esperanzador a tu estado de ánimo.

Pasea por el supermercado y lleva una lista. Dirá de ti que eres un chico centrado, que se marca objetivos.

Actúa de forma cortés. Colócate impidiendo el paso en un pasillo y no dejes pasar a abuelas, niños histéricos o albañiles en su tiempo de descanso. Espera a que pase alguien de tu gusto y sólo en ese momento, repito, sólo en ese instante, aunque tengas tras de ti a un enjambre de compradores cabreados, desplaza el carro y, con una gran sonrisa (ni caníbal, ni con la boca totalmente abierta, sonrisa de embarazosa timidez) aparta el carro. Un lo siento, no me había dado cuenta de que obstaculizaba el pasillo bastará como primera toma de contacto.

También puedes utilizar la baza del generoso. Colócate ante un estante con alimentos básicos (digamos arroz). Esconde todos los productos y deja un solo paquete. Lucha a muerte con el reponedor si es necesario. Está mal pagado y no tiene ganas de discutir con un loco. Y espera. Espera. Espera. Si alguien que no debe quiere apoderarse del paquete, gruñe con fuerza. A los perros les sirve. No mees, los humanos somos inmunes a las marcas de orina. En cuanto veas a un objetivo, lánzate como un rayo y apodérate del paquete. Al verla, finge sorpresa y disgusto por tu actuación. Y tras dudar un instante, ofrécele el arroz en señal de disculpa.

Aunque tengas que utilizar a un niño como pie, ayuda a toda mujer que no llegue a lo alto de un estante.

Por último, no acumules demasiada compra. No quieres tener que dejar pasar a alguien que te gusta en la cola, porque sólo lleva un pimiento. Es un gesto bonito pero inútil. En cuanto pague, se irá y olvidará tu generosidad. Muestra de forma exagerada tu tarjeta del supermercado. Indica que eres un comprador habitual, fiable, ahorrador y que pueden volver a encontrarte si vuelven.

Si algo de esto funciona, por favor, decídemelo. Estoy deseando probarlo.

¡Un abrazote!

P.D. Mañana, manual para mujeres. Lo juro por Wert.

martes, 11 de febrero de 2014

11 / 02 / 14



Cornerrollo diario

Los supermercados son un mundo aparte. Un Narnia sin armarios, un Oz sin tacones rojos, una Santa Coloma con catalanoparlantes.

Nada más entrar tienes que escoger tus armas. Puedes optar por un acorazado, un carro de gran capacidad tanto de espacio como de embestida o por un tanque ligero, un carrito con asa al que paseas por el supermercado como a tu perro por la calle.
Una vez armado, entras en el campo de batalla. Los enemigos se mueven de un lado a otro de forma errática, sin rumbo fijo. Y los hay de tantos tipos que se podría crear una Tierra Media supermercadera. 

Tenemos a los “caminantes”. Son sencillos de reconocer. Andan a paso lento admirando los productos como si nunca hubieran sospechado que una sopa podía salir de un sobre. No son especialmente peligrosos, pero estorban. Pueden detenerse sin previo aviso y quedarse atorados mirando un estante como si estuvieran atrapados en un campo cuántico y el mero hecho de mirar fijamente a un punto fijo pudiera hacer aparecer el producto que buscan. 

También están los “bicéfalos”. Equipos formados por hombre y mujer que perpetúan el cliché de que las mujeres no saben conducir y los hombres son compradores analfabetos. El hombre permanecerá junto al carro, ambos brazos apoyados en la barra de empuje y cara de aburrimiento supino mientras observa a su pareja deambular de un lado a otro escogiendo productos e indicándole las bondades de cada uno de ellos. Aunque forman equipo, pueden separarse. En ese caso, hay que ir con cuidado. El hombre permanecerá aparcado en un rincón, alzando la cabeza como un suricato perdido en la estepa africana que se alarma con cada ruido desconocido. No hagas contacto visual, baja la cabeza y pasa junto a él sin desviar tu atención un milímetro del suelo. Su mirada tristona y vidriosa puede despertar sentimientos de adopción que no deben ser correspondidos bajo ningún concepto.

Cuidado con los profesionales. Son implacables y metódicos. Llevan una lista y un bolígrafo en la mano con el que tachan el producto conseguido. Te apartarán de mala manera, cogerán el último producto del estante aunque tú estés delante y en proceso de recogerlo. Son terminators de la compra. Sin sentimientos. Con el objetivo por encima de las consecuencias morales. Son la muerte con código de barras.

Llegados a la cola, es preciso evitar los “monederos”. En general son gente de la tercera edad, aunque puede haber excepciones. Son llamados así porque desde que llegan a la cola, sacan su carterita (siempre de cremallera) y la colocan a la altura del pecho. Por muy pocos productos que lleve, por muy apetecible que parezca ponerse tras ellos, no lo hagas. Perderás quince minutos de tu vida que nunca recuperarás. Una vez recogidos sus productos, preguntarán por el precio no menos de tres veces. ¿Cuánto? ¿Cuánto dice? ¿Eran diecisiete? Y sea el precio que sea, llevarán el importe exacto aunque unos terroristas accedan al recinto y su vida dependa de ello. Extenderán una importante cantidad de céntimos encima de la mesa, y con metódica paciencia, contarán, de uno en uno, hasta alcanzar el precio indicado. Y, al conseguirlo, volverán a contarlo, de uno en uno, para cerciorarse de que no hay errores. Si los ves, huye. 

Me he dejado tanto en el tintero que mañana continuaré con una segunda parte supermercadera. Entre tanto,

¡Un abrazote!

P.D. Las cajeras del día son capaces de arrancarte la columna vertebral de un soplido. ¡Mantened la distancia!

lunes, 3 de febrero de 2014

03 / 02 / 14



Cornerrollo diario

Si hablamos de Ikea, todo está dicho. Mentes mucho más privilegiadas que la mía han desmontado con humor (juego de palabras Ikeariano) los puntos más relevantes de esta institución al mueble asequible.

Como no soy cómico (preferí  el curso CEAC de guitarra) no voy a sacar más punta a un lápiz del que sólo quedan centímetros. Sin embargo, sí puedo hablar en primera persona de un artículo. Lo más parecido que he encontrado en su página web, es el Trömso. Y sí, si lo estáis visualizando, se trata de una litera. Como sabéis, vivo en un piso compartido, con lo que tu habitación se transforma en un mini piso. Inocentemente, paseando por Ikea, encontré una litera con mesa debajo que parecía cumplir todos mis deseos. Era, atención al dato, de matrimonio. Y dejaba una amplia mesa debajo.

¡Que grandeza! ¡Qué belleza! ¡La solución a mis problemas de espacio! Gran error.

Primero, porque en vez de Trömso, Skäargard o albóndiga, debería haberse llamado la cama del virgen.
Pasando por encima de la pesadilla del montaje, la primera noche comienzas a comprender la magnitud de tu equivocación. Si no se ancla la cama a la pared… ¡Se mece! No hablamos de pequeños movimientos imperceptibles, no, hablamos de estar en una hamaca colgada entre palmeras. A algunos puede parecerles un buen modo de conciliar el sueño, pero aseguro que nunca había tenido tantos sueños de veleros, bergantines y piratas en los que la protagonista no fuera una bella marinera, sino curtidos y viriles sinvergüenzas echando la pota por la borda.

Bueno, pues se ancla la cama y en paz, ¿no? Pues sí y no. El anclaje mejora tu vida una temporada, pero en menos de un mes comenzarás a escuchar violentos crujidos metálicos cada vez que te mueves. ¡Scranch! ¡Crunch! ¡Crash! Y te levantas asustado pensando que han venido a violarte (qué puedo decir, tengo un cuerpo para el deseo y un cerebro para…estas cosas que hago).

Y estamos hablando de una sola persona. Imaginad que traéis compañía. Sí, lo que debería ser un erótico juego de placer y sensualidad, se convierte en una sesión más parecida al sado masoquismo, donde los gemidos se fusionan con los golpes en la pared, los chirridos metálicos y la idea de que esto tiene que terminar de forma expeditiva. Pim, pam, Crush y a otra cosa.

Y si ya me cuesta convencer a alguien para que venga a casa, no veáis lo difícil que resulta convencerla para que suba desnuda una escalerilla propia de una instalación de antenas.

Podría extenderme días y días, pero lo dejaré por aquí. Recordad, si vuestro objetivo es crecer y multiplicarse, o si sólo eres un viciosillo ¡apártate del Trömso!

¡Un abrazote!


P.D. Con tanta sueca que ha cruzado mis más perversas imaginaciones, nunca pensé que sería una metálica la que me acabaría jodiendo.

jueves, 30 de enero de 2014

30 / 01 / 14



Cornerrollo diario

Hay días que te levantas con el pie derecho (sobre todo los zurdos). Has dormido mal, tienes sueño y te invade lo que comúnmente llamamos cabreo de incógnito.

¿Por qué de incógnito? Sencillo. Porque por mucho que te lo indiquen, vas a negar durante el resto del día que estés cabreado.

Empezará con tu viaje diario al trabajo, a la escuela o allá donde quiera que vayas por la mañana. Lo que en general es rutina, de pronto se convierte en algo diseñado, planeado y perfectamente ejecutado para sacarte de tus casillas.

El hombre que no atina a meter la tarjeta del metro en la ranura se convierte en tu némesis matutina. Estarás a escasos segundos de arrebatársela de la mano, picar por él y soltarle, siempre conservando la compostura y los buenos modales, que si tan difícil le parece meter la tarjetita, no sabes qué hará con su pareja en la cama.

Continuará con los músicos que deleitan nuestras mañanas con dulces apuntes de reggaeton rumano o imitaciones (corporales, que no de voz) de Elvis Presley, a los que desearás enjuiciar como se hacía antaño, con un buen cepo y un hierro al rojo para marcar reses.

Tus compañeros de trabajo harán lo imposible para que notes en cada uno de sus gestos lo inútiles que son. Tu jefe, en general sólo odiado en la medida en que te explota y te fustiga con látigos imaginarios, aparecerá colgado por sus partes en una horca casera que habrás diseñado en tu imaginación en un alarde de ingeniería aplicada.

La hora del café se verá animada con tus gruñidos, que no palabras, como respuesta a todo intento de iniciar una conversación. La vuelta a casa será un calco a la matutina, y creerás reconocer al estúpido que no sabe qué hacer con su pareja en la cama, al exitoso Reggaetonero rumano y al Elvis pastillero, aunque ahora vaya disfrazado de Freddy Mercuri amostachado.

Llegarás a casa, cerrarás la puerta con un sonoro portazo para indicar al vecino que hoy no estás de humor para escuchar, como escuchan, gracias al volumen que aportan dos bafles de 60W (qué buena es la tecnología), todos los vecinos del bloque, el Sálvame vespertino y te estirarás en el sofá con un vaso de leche con Cola-cao calentito en el que se diluirá toda la mala leche del día.

Será entonces y sólo entonces cuando reconocerás, aunque a regañadientes, que quizás hoy no ha sido tu mejor día. Pero qué narices. ¡Mi cabreo es mío!

¡Un abrazote!


P.D. Con tanto rollo tengo grandes posibilidades de triunfar en el ramo del Kebab. 

martes, 14 de enero de 2014

14 / 01 / 14

Las viñetas de hoy están dedicadas a mis tíos y a mi prima. 

Nunca es fácil perder a alguien de una forma tan dura y tan injusta. Más cuando se es tan joven. 

Sé de buena tinta que ella leía las viñetas. Y algunas incluso le gustaban. Y aunque son momentos en que reír parece imposible, nunca dejaré de intentar provocar vuestra sonrisa.

Un abrazo muy fuerte para los dos.





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