viernes, 21 de febrero de 2014

21 / 02 / 14


Cornerrollo diario

¡Por fin es viernes! Y con él, llega el fin de semana, el descanso, el mal tiempo y, como no, el fin del mundo.

Ah, ¿todavía no os habéis enterado? Pues sí, mañana, sábado 22 de Febrero, el mundo llega a su fin. Caputo. Finito. ¿Es que llega a las librerías, como ayer comentaba a una amiga, la segunda parte del libro de la Esteban? Belén, esnifa o revienta. O peor, como respondió sabiamente la misma compañera, ¿me han encargado ser el negro de este bestseller cocaínico? Pues no (aunque reconozcámoslo, dada mi situación económica, me bajaría los pantalones tan rápido que el mismo Nacho Vidal vendría a felicitarme).

¿Entonces qué? ¿Un meteorito? ¿El efecto bisiesto? ¿Las memorias de Marhuenda?
No. Esta vez la amenaza lleva el nombre de Ragnarok. ¿Es el nombre del nuevo álbum de Bustamente? No. Mejor aún. Es… La batalla de los Dioses Nórdicos.

Como soy bastante inculto en cuestiones religiosas (mis padres Hippies me llevaron a uno de los primeros colegios que no impartía religión, sino Ética, con lo que me instruí en las buenas maneras y en llegar a ser persona en vez de poder caminar por encima del agua y multiplicar los vinos y los Gin-tonics) he tenido que hacer un larguísimo peregrinaje de documentación para enterarme de qué iba todo esto. Minutos después, tras haber leído con atención la Wikipedia, puedo contaros un poco  cómo funciona la cosa.

Resulta que dos facciones de dioses, unos liderados por Odín y otros de la mano de Loki, entrarán en batalla. Entre espadazos, hachazos, escupitajos y entradas a lo Arbeloa, los seres humanos, que habíamos comprado entradas para el evento como si fuera una de aquellas finales del Wrestling donde Hulk Hogan, el Último Guerrero, el Enterrador, el escocés de la faldita y la gaita y otros 20 luchadores se enzarzaban en violentos enfrentamientos, seremos aplastados. Daños colaterales, ya se sabe.

En este caso, la metáfora del Wrestling no es gratuita, porque como en este tipo de eventos, se trata de un combate amañado. Sí, amigos, todos los dioses, al nacer, reciben una copia autografiada del manual del Ragnarok. Allí se detalla con pelos y señales cómo va a discurrir la batalla final. Quién se enfrentará a quién, quien caerá, quién sobrevivirá y quién se perderá el acontecimiento por un fortuito ataque de diarrea. Todo está escrito.

Aun así, como son Dioses poseídos por la testosterona de un Barça-Madrid, acudirán a la batalla por dos razones: primera porque mola pegar coces, y morir en combate es un honor. Segunda porque veneran, comprenden y respetan el concepto de Destino.

Total, los Dioses se unirán en el Ring (la tierra) con sus guiones en mano, haciendo anotaciones de último momento (que sepas que vas a morir no te impide cambiar el diálogo. No es lo mismo abandonar el mundo con un ¡Uuuuurgh, manmatao! Que con un poético, muero liberando la espada, la sangre escapando de mis venas y mi espíritu ascendiendo al Valhalla (salón de los muertos, vaya crack la Wikipedia) que es lo mismo pero en bonito.

Uno a uno, los Dioses perecerán hasta que a Surt, líder de los gigantes de fuego, se le hinchen las narices y diga: ala venga, que mañana estrenan Thor 2 en el plus y quiero llegar a tiempo para hacer palomitas. Dicho y hecho. Surt, en un ataque espantoso de tos tabaquera que se le irá de las manos, quemará la tierra, el sol, las estrellas y el universo. Poquita broma con los gigantes de Fuego.

Pero tranquilos, después de la destrucción, emergerá otra tierra, otro sol, otras coles de Bruselas. Los pocos Dioses que sobreviven, ninguno que aparezca en Marvel, tranquilos, se juntarán para hablar de lo que ha ocurrido. Entre todos reconocerán que quizás se les fue un pelín de las manos y que bueno, ahora que son tan poquitos, por qué no hacer una tregua. 

Al mismo tiempo, dos inteligentes humanos que viendo como el fuego de Surt lo arrasaba todo, se escondieron en Yggdrasil, que es, como diría Ikea, ¡un fresno! ¡Un fresno! Perenne. Como sabían que la madera no ardía será un misterio para cuarto Milenio. Pero el resultado es que estos dos repoblarán el mundo y vivirán en armonía con los nuevos Dioses.

Así que ya sabéis, si estáis haciendo planes para el fin de semana, dejadlo todo. Vivid esta noche como si fuera la última y haced como dice el refrán: A quien a buen Fresno se arrima, las llamas de Surt no lo calcinan.

¡Un abrazote!

P.D. Tengo los ojos azules, así que preveo un 50% de posibilidades de ser el elegido. Si alguna vikinga (o mujer en general) quiere acompañarme, iremos juntos a buscar un buen árbol bajo el que cobijarnos (o lo que se tercie)

jueves, 20 de febrero de 2014

20 / 02 / 14


Cornerrollo diario

Que soy raro, por no decir rarillo, es algo que he tenido presente desde que era pequeño. Hablamos, claro, de rareza social, de gustos específicos, de maneras de ser, comprender y visualizar el mundo que nos rodea. Sin embargo, no contento con esto, la naturaleza me dotó de rarezas distintas de las intrínsecas a la raza humana y no, no hablo de un tercer pezón, un sexto dedo o una peca parlante (aunque no estaría mal poder disfrutar de profundas conversaciones sobre la capa epitelial y la sobreexcitación de la melanina bajo la luz solar).

Advertí por casualidad, hace tropecientos años, cuando los dinosaurios jugaban al Candy Crush esperando la extinción, en un espectáculo teatral del Tricicle, de (la primera de muchas) mi rareza. En el escenario, Joan Gràcia (también conocido por el gordo triciclero) salía solo al escenario vestido de mafioso, sombrero cincuentero incluido. Las luces se apagaban y quedaba iluminado por un potente cañón. Dejaba un maletín junto a una mesilla y lo abría con parsimonia. Entonces sacaba una pizarra y, con una sonrisa malévola, amenazaba con rascarla con las uñas.

De pronto, el público empezó a chillar. Y él seguía sonriendo hasta que tras unos segundos de espera, rascaba con fuerza la pizarra. ¡Y menudos alaridos se escuchaban! Después, sacaba un plato y un tenedor. Volvía a sonreír y ante los aullidos de  los presentes, trazaba grandes circunferencias con el tenedor sobre el plato produciendo un ¡Ñiiiiiiieeeeeec! que alteraba a la totalidad del teatro. Para terminar, si recuerdo bien, la memoria senil es lo que tiene, sacaba un globo deshinchado, lo mostraba al público, lacio, un colgajo. Después lo hinchaba. Sonreía de nuevo, y entre las risas y los bramidos de los presentes, lo acariciaba provocando numerosos ¡IIcs! ¡Ics! que enloquecían al teatro.

Y mientras, yo lo observaba todo sin entender qué estaba pasando. Cuando acabó la función, pregunté a mis padres de qué iba todo aquello y me explicaron lo que era la dentera, una reacción física involuntaria a cierto tipo de sonidos.
¡Y yo era inmune! ¡Ah, qué descubrimiento! ¡Tenía, tras tantos años de búsqueda, un super poder del que alardear! ¡Era un Supermán sin miedo a la Kriptonita! Si no fuera, claro, que yo tenía la misma dentera que cualquier mortal… Pero con estímulos diferentes.

Pues sí. Nada de lo que altera al común de la gente me produce más que un ligero picor en la parte de la espalda inaccesible al rascado. Pero en cambio… El ¡SSSSS! De dos páginas de un libro rozándose me ponen la piel de gallina y los pezones listos para practicar agujeros en ventanas. El roce de una escoba de bruja, la típica harrypottiana, contra el asfalto, me hace apretar las mandíbulas con la fuerza de un cascanueces puesto de Polvo de Ángel.

Y no acaba ahí, no, porque, por poner un ejemplo que marcó toda mi infancia, el roce de los plastidecores contra el papel o el de los lápices para colorear o los rotuladores,  me producía ganas de saltar por la ventana sin abrir los cristales para ver si el dolor de los cortes en la piel aliviaba un poco la tensión insufrible que me provocaban.
Y pensadlo, cómo le explicas a profesora que no quieres pintar tu dibujo porque “te pones malito”.  Me obligaban a quedarme en el patio para acabarlos y yo cabezón, que no, ¡que me duele! ¡Cómo te va a doler pintar un dibujo! Y la tortura continuó hasta que descubrí las ceras y su aliviante silencio (aunque la santa inquisidora, María la de los capones, me obligó a realizar decenas y decenas de dibujos a lápiz en los años siguientes. Pensándolo, resulta irónico que ahora me dedique al dibujo después de tanta tortura psicológica)

Peor aún, hace muchos años, después de los dinosaurios, cerca de los cromañones, me regalaron mi primera consola. ¡Estaba tan emocionado! Ah, pero la tramposa venía embalada en cartón y poriexpán, tan incrustada que apenas podía sacar un centímetro por empujón. Y ese ¡SSSS! de cada centímetro hacía que se me erizara el vello de tal manera que me dolía al contacto con el jersey. Tuve que esperar cinco angustiadas horas a que volvieran mis padres para poder inaugurar mi soñada consola.

Y para el resto son sonidos normales siempre te miran de malas maneras cuando les sueltas perlas del tipo ¿podrías pasar las hojas del libro con cuidado? (biblioteca), ¿podría dejar de barrer mientras acabo el café? (cafetería), ¿podrían eliminar el coche de limpieza que pasa los cepillos por las calles? (ayuntamiento).

En fin, como toda fóbia, tengo que aprender a vivir con ello. Mientras, escuchando como mi compañero de piso arrastra los pies con sus zapatillas de lija por el suelo y los pezones diamantinos intentando salirse de la camiseta, me despido.

¡Un abrazote!

P.D. Con los años, he encontrado a más gente (no mucha) que sufre el mismo trastorno que yo. Nos juntamos y nos pintamos el cuerpo con ceras. Nada raro.

miércoles, 19 de febrero de 2014

19 / 02 / 14


Cornerrollo diario

Puesto que la naturaleza es sabia, parece lógico que  dote a sus creaciones del instinto necesario para su supervivencia. Es por eso que toda especia animal, vegetal o celular tiene como objetivo primario la reproducción. Siendo así, que lo es, siempre me han impresionado aquellas personas que luchan, sea por el motivo que sea, contra un instinto irracional que viene instalado  de serie en su genoma básico.

Pues sí. El celibato me confunde tanto como a Dinio la noche, la mañana, el mediodía y las comidas sin pan. No tanto por las razones que puedan llevar a él, todas me parecen perfectamente válidas, sino por la firme voluntad que se necesita para llevarla a buen término. ¿O quizá no es así?

Con esta pregunta en mente, y por razones que no vienen al caso, hace un mes decidí meterme de cabeza a comprobar de primera mano si es posible una vida sin impulso sexual. Como buen adicto, lo primero fue deshacerme de todo aquello que pudiera hacerme recaer. Las salidas nocturnas no hacían falta suprimirlas, no me como un torrao, y la era digital permite, valga la redundancia, eliminar todo el material pernicioso con un solo dedo.

Libre de tentaciones me dispuse a experimentar este nuevo estado físico y mental. Os lo puedo adelantar. No es nada fácil.

Los primeros síntomas aparecen entre el segundo y el tercer día. Estrés, malhumor, bordería de nivel profesional y pequeños tics que no había sufrido nunca, como el tamborileo incesante de dedos sobre la mesa (¡triquitic!, ¡triquitic!, ¡triquitic!), zapateado continuo (¡Tap!, ¡Tap!, ¡Tap!) y el descubrimiento de la uña del pulgar como sustituto a la comida rápida (¡un Mcuñero, por favor!).

Pasada esta primera etapa de desintoxicación, el cuerpo parece relajarse y abandonar todos estos hábitos recién adquiridos. Las amenazas de muerte, dolor y sufrimiento, no precisamente en este orden, de tus compañeros de trabajo y de piso, resultan de gran utilidad llegados a este punto. Y de repente, te encuentras con una enorme vitalidad y energía que supura por cada uno de tus poros y que no tienes por donde canalizar. Para intentar paliar el problema, recuperas ejercicios perdidos para músculos que desconocías poseer (abdominales, ese amigo invisible, pectorales, ¿se puede vivir sin ellos?) lo que te permite, poco a poco, eliminar la ansiedad e instalarte en un estado de calma Zen.

Y es en ese preciso momento, cuando tu cuerpo vive en ese estado de calma, cuando tu mente se pone en tu contra. Nunca, y repito nunca, había tenido sueños eróticos más vívidos, más reales y más raros que los que empecé a tener a mediados de mes. Ya no sólo por la depravación, me conozco bastante bien para saber y aceptar que soy un guarro sin remedio, sino porque no había ningún tipo de limitación. Personas a las que nunca he encontrado atractivas se me han aparecido e insinuado, criaturas de películas a las que hasta entonces nunca hubiera dado un significado erótico, resultaban excitantes, Pilar Rahola me hizo disfrutar de la sesión sadomasoquista más desinhibida de mi vida…

Y entonces te despiertas y luchas durante un cuarto de hora con tu erecto amigito para poder realizar una micción de puntería controlada (imposible, prepara el mocho). 
Y la cosa no para ahí. Acabas de entrar en la era de la erección sorpresa. Sabes que está ahí, agazapada, esperando. Pero nunca sabes cuándo va a atacar. ¿Será en un espacio público? (lo será), ¿en una reunión de trabajo? (lo será), ¿En un bautizo familiar? (Lo será tres veces). 

Cualquier cosa activará los impulsos cerebrales que ordenan a tu miembro reaccionar con virulencia. Y digo cualquier cosa. Una pierna, un escote, un helado, la sección de herramientas de la ferretería, no hay lugar donde permanecer a salvo. Y tengo suerte (creo que es la primera vez que le llamo suerte a esto) de no ser un hombre desproporcionado, por lo que la mayoría de las veces pude escapar del problema sin demasiada vergüenza, aunque la gente acaba sospechando por tus andares patizambos de jinete escocido.

Pese a todo, decidí continuar hasta completar el mes del que hoy cumplo mi último día. Y no veo la hora de encerrarme en el baño, llenar la bañera con sales y espuma y dedicarme un merecido homenaje (Tranquila, lo limpiaré todo con desinfectante al terminar).

La verdad es que no he sacado demasiadas conclusiones del experimento. Supongo que se necesita bastante más tiempo para confeccionar una teoría válida, aparte de que sólo puedo hablar por una mitad de la población, claro. Lo que sé es que prefiero seguir aliviándome antes de encontrarme de nuevo bajo las cadenas y el látigo de siete púas de Pilar Rahola.

¡Un abrazote! (sin apretar, que soy débil)

P.D. Si necesitáis crema hidratante, no paséis hoy por el Mercadona de las Arenas. Han agotado existencias.

martes, 18 de febrero de 2014

18 / 02 / 14



Cornerrollo diario

Con mucho esfuerzo, pero al fin empiezan a intercalarse (y a disfrutarse) días de tiempo primaveral. No tengo ningún problema con ellos, es más, los deseo y los recibo con inmensa alegría. Hace sol, calorcito, se levanta el ánimo, se recuperan fuerzas que creías adormecidas, aparecen las camisetas, los tirantes (¡tirantes!) y la melanina se excita tanto que contagia (en su excitación) al resto del organismo (granos incluidos)… 

Hasta que entras en el metro.

Porque en estos días, cuando disponemos de tantas y tantas alternativas para informarnos del tiempo, desde las apps que te advierten de la temperatura, la presión barométrica, las probabilidades de precipitación e incluso la humedad relativa de tus sobacos, las cientos de webs especializadas donde puedes incluso saber qué tiempo hacía en Kriptón días antes de su desaparición, los interminables espacios televisivos que interrumpen sus predicciones para venderte compresas, o la más antigua, sacar la mano por la ventana, el metro sigue rigiéndose por el calendario “metroriano” que dice que, hasta marzo, la temperatura en sus vagones debe ser de horno “licua mozzarela”. 

Quizá me equivoque y el proceso térmico de los vagones sea de una complejidad inasumible para el profano. A lo mejor, con cada equinoccio, técnicos y trabajadores de la Nasa y del MIT, dejan sus labores para visitar nuestra ciudad y, mediante complicados algoritmos, robots nano métricos y coca-cola (allí aún no ha llegado el boicot), desbloquean ese terminal que ha cobrado vida propia, como el Hal de 2001 pero con menos pretensiones homicidas, y consiguen adecuar la temperatura para que algo más que las colonias de bacterias puedan sobrevivir.

Pero eso no es lo peor, claro. El primer culpable, ya lo he dicho, es el encargado del control de la temperatura. Pero no es el único. Porque una de dos, o la mojigatería se ha adueñado de nuestra sociedad (cosa improbable viendo tanta raja culona allí donde un ser humano se agacha) o hay gente que considera su abrigo una segunda piel que no puede ser arrancada sin utilizar complicados procesos genéticos. 

Amigos, hace calor. Mucho calor. Y en el metro no somos más que cebollas enlatadas. El coste de la luz y el gas nos han habituado a llevar tantas capas de ropa que parecemos los concursantes de “humor amarillo” (¡viva la corrección política en los títulos de programas televisivos!) que van disfrazados de luchadores de sumo.  Tanto, que a veces temo caer por las escaleras, no por miedo a resultar herido, sino porque no sabría calcular la distancia de rebote y no quiero matar a una abuela despistada. 

Y si la analogía cebollesca es adecuada para explicar nuestra tendencia de moda invernal, evitemos, por favor, que también sirva como metáfora de nuestro olor corporal. No llamo guarro a nadie. Sé que todos nos duchamos, todos deshodoramos nuestros sobacos (y algunos incluso otras partes de fácil irritación) y algunos incluso se perfuman. Pero sometidos a una temperatura infernal, TODOS olemos (y cuando digo olemos, quiero decir MAL).

Ese bote de espray que asegura en grandes letras 24 horas de frescor, MIENTE. Pensar que tus feromonas efervescentes no harán sino aumentar tu atractivo animal, es una MENTIRA. 

Así que, por favor, cuando entréis en un vagón atestado donde la temperatura sólo es adecuada para la vida en Mercurio, quitaos la chaqueta. No es una orden, sólo una sugerencia. Hacedlo por las narices que implosionan a diario. Ellas no lo merecen.
¡Un abrazote!

P.D. No va por nadie en particular, pero querido chico del metro, sí, tú, el de la gabardina. Ya es bastante raro llevar una pieza de ropa que alimenta la imaginación de tus co-viajantes que esperan (sin ningún tipo de ganas) a ver cuándo es el momento en que se abrirá y aparecerá su colega “el pelao”. Por favor, POR FAVOR, quítatela (a poder ser sin pelaos). O al menos no cojas la barra de sujeción de tan arriba. Los bajitos huele-sobacos lo apreciaremos muy mucho. 

lunes, 17 de febrero de 2014

17 / 02 / 14


Cornerrollo diario.

Muchos (algunos, un par, mi madre) me preguntan de dónde saco los temas a comentar. No se trata de una ciencia exacta, no hay un proceso que sigo para inspirarme. Se trata de algo visceral, fruto más de las emociones que del intelecto. 


El hastío por ejemplo, hace que vuele mi imaginación para escapar de situaciones que invitan al suicidio, como la compra en el supermercado, fregar los platos o las lavanderías (que ya atacaré en algún otro momento). La ira también es bastante útil (léase los artículos dedicados a los molestos “yolosetodus” u “hombrepromoción”). Y a veces, como es el caso de hoy, simplemente me dedico a robar (sin que se note demasiado) a gente mucho más inteligente e ingeniosa que yo.



Me hicieron llegar hace poco un artículo de Quim Monzó en la Vanguardia, en el que hablaba de la puesta en marcha del nuevo diccionario Valenciano que tanta polémica ha provocado. Lejos de meterme en disputas lingüísticas (soy de ciencias puras, con sus parábolas, elipses, fuerzas centrípetas, enlaces covalentes, piritas y escasez de mujeres), el artículo comentaba que el diccionario valenciano era rico en terminología sexual. Y entre todas las acepciones, una llamó mi atención: La llençolada.



Escribo textualmente su definición: “Juego erótico en el cual un grupo de hombres se sientan en torno a una mesa, de forma que la parte inferior del cuerpo quede tapada por una sábana grande, y después una persona situada debajo de la mesa practica una masturbación a uno de los participantes, que tiene que hacer creer a los otros que no es él quien recibe la estimulación genital”



¡Menudo descubrimiento! Cuando uno piensa que no será capaz de ir más allá del mus, el pictionary o el parchís, se abren las puertas del paraíso. Y aunque mi fascinación por el hallazgo era enorme, no podía dejar de darle vueltas a su funcionamiento.



Porque estaremos de acuerdo que todo juego debe tener unas normas, y lo más importante, un perdedor. ¿Entonces, cómo funciona el invento? De acuerdo, me siento en la mesa, sirven la cena y hablamos de temas elevados como los rascacielos, los aviones o los jugadores de Baloncesto, cuando noto que alguien ataca mi entrepierna.
Fantástico. Comienza el juego. Y disimulo, todo lo que soy capaz de disimular, mientras sigo hablando con entusiasmo de algún otro tema elevado como los picos de europa o las jirafas.



Tenemos dos opciones: Primera, nadie me pilla. Disfruto de una cena estupenda y de una masturbación mucho más que estupenda. ¿Entonces qué? ¿Me pagan la cena? ¿O es que hay algún tipo de apuesta? ¿Y si la hay, cómo funciona? ¿Conforme avanzan “las comidas” (no he podido resistirme al juego de palabras) se va aumentando la cuantía? ¿Pongamos, cada cuarto de hora? 



Segunda opción: Me pillan (nada extraño, sabiendo que mi cara de póker cuando tengo buenas cartas es un ¡Yupi susvaisacagar!, no tengo ninguna duda que mi cara masturbatoria será mucho más evidente) ¿Pago yo la cena? Más importante aún. ¿Dejan que acabe? ¿Me dejan a medias como castigo? ¿Soy yo quien tiene que ponerse bajo la mesa ahora y masturbar al resto de participantes?



Y como estas dudas, mil más. ¿Qué ocurre si alguien acusa en falso? ¿Cena en público o privada? ¿Cena gourmet o de mcdonalds? ¿Hay un doble o nada? ¿Se pueden utilizar señas? ¿Se puede jugar en equipo? ¿El masturbado sabe de antemano que será él el elegido para poder mentalizarse? ¿Qué premio se lleva la/el masturbador? ¿Lo comparte con el ganador? ¿Puede unirse a la cena al terminar?



Buf… Tantas incógnitas, tan pocas respuestas. Podría seguir, pero he de empezar a buscar en mi agenda para organizar una partida.



¡Un abrazote!



P.D. Aquellos que hayan utilizado el método de ligoteo de supermercado, por favor expliquen sus experiencias. Razón: curiosidad matagatos.

viernes, 14 de febrero de 2014

14 / 02 / 14




Ayer me resultó imposible publicar las viñetas del día. Resulta que, después de todo, tengo algo en común con el ministro Wert; problemas de agenda. Claro que lo mío es un problema puntual y se cura con un par de ibuprofenos. La estupidez, por desgracia, es crónica para algunos individuos.

Hoy quería dedicar el cornerrollo a San Valentín (lo merece) pero como me había comprometido a terminar mi manual de supersexing para mujeres, y las amenazas de muerte y los piropos superlativos que me habéis hecho llegar son gasolina súper (de la cara) para mi organismo, aquí tenéis, recién salido del teclado manchado de café de mi mesa…

Manual (sin ninguna garantía, sin ningún éxito del que presumir, sin ninguna prueba de que se haya probado) del Supersexing. Volumen II. Mujeres.

Muchos (sobretodo muchas) se estarán preguntando, qué sabrá este hombre de cómo deben ligar las mujeres. La respuesta es más que obvia. Ninguna. Soy un analfabeto del ligoteo en general, pero un buen observador de la naturaleza. Soy el Félix Rodriguez de la Fuente del comportamiento humano (sin sangre y sin música bailoteable como cabecera)

Para empezar, un consejo de vestuario. Olvidad las camisetas que realzan vuestra figura, los tacones, las chaquetas que acentúan las curvas, esos vestido con el qué incluso los fulares quedan bien, las sombras de ojos de mirada penetrante, los colores chillones atrapamandriles en los labios. Sí, pueden ser estratagemas que ayudan en cualquier otro lugar, pero en el supermercado, están destinadas al fracaso. 

Somos animales de costumbres, y cualquier actitud fuera de lugar, en vez de atracción, provoca recelo. Si un hombre se encuentra a una mujer vestida de sábado noche en un supermercado, siendo ese día cualquier otro de la semana que no sea precisamente un sábado noche, pensará antes en robos, timos, peligro, adicción o Gremlins que en un intento de seducción. Por tanto, sé tú misma. Viste cómoda (pero no tanto como para indicar que vives con 30 gatos que se comerán los restos de tu cuerpo cuando nadie te encuentre en tu piso), informal. Tu meta es la compra. La seducción una graciosa casualidad.

No hace falta que conduzcas un carro todoterreno. Nadie (hablo del género masculino), repito, nadie se fijará en tu compra. Ya puedes colocar los productos necesarios para fabricar una bomba casera que ningún hombre reparará en ello. Así que, por comodidad, utiliza el carrito perro faldero. 

En esto de la atracción, está claro que para gustos, colores. Pero no viene mal saber qué tipo de gente pulula por según qué secciones para que puedas dibujar tu propio mapa de caza.

En la sección de bollos, chocolates y caramelos varios encontrarás a dos tipos bien definidos. Por un lado, el hombre para el que el chocolate es el equivalente a una muñeca hinchable. Todas sus frustraciones diarias, sexuales o no, se diluyen entre cacao en polvo, gominolas de colores, madalenas rellenas y ensaimadas de crema que acaban con un high five (o en cristiano, un rechupeteo de dedos, del pulgar al meñique, después de cualquier deglución)

Por otro lado, encontrarás al chocolatero exigente, aquel que se cuida tanto que, para él, elegir la golosina adecuada, aquella que se permitirá comer después de días de abstinencia, ha de ser una experiencia casi mística. Pasará minutos enteros dudando entre dos productos hasta que, finalmente, y con gran pesar, dejará uno de ellos en el estante.

La sección de congelados es un mundo aparte. Aléjate de aquellos que sólo acceden a este pasillo cuando hay mujeres. Son científicos salidos que sólo desean conocer, admirar e incluso rozar de manera “involuntaria”, el resultado de la acción que el frío extremo provoca en los senos femeninos (para aquellas que se escandalicen, sí, lo he visto en segunda persona).

En esta sección encontrarás a estudiantes, solteros sin experiencia culinaria recién salidos de las faldas de sus madres, adictos al trabajo y futboleros extremos (de los que miran, no de los que juegan)

La sección que da más juego, por supuesto, es la de las verduras. Suele ser una zona de paso primaria de todo supermercado y, las actitudes de las presas, más claras y contundentes. 

Si pasa por la frutería como si huyera de la sección de perfumería del corte inglés, esquivando el brócoli como a los lanza muestras, estás ante un carnívoro convencido. No tiene nada de malo, como ninguno de los nombrados hasta ahora, pero suele ser un maniático con la comida. Está también el hombre fruta. Cargará peras, manzanas, naranjas y papayas hasta los topes. Es un hombre sano, que se cuida mucho y, atentas, que quiere que su pareja se cuide de la misma forma que lo hace él. Así que, si lo eliges, prepárate a comer mango (ay, qué juego de palabras más desafortunado). 

Otro espécimen interesante es el que observa las verduras como si intentara descifrar el código genético que une a humanos y animales. No sabe la diferencia entre una col y una lechuga y se nota. No es un hombre peligroso, pero sí un preguntador. Si te alteran los hombres que te preguntan cada cinco segundos, en cualquier situación, ¿estás bien? ¿Y ahora? ¿Mejor así? Evítalo sin dudarlo.

El contacto físico directo es desaconsejable. El hombre huirá como el ciervo que escucha el crepitar de una rama en un bosque silencioso. Todo contacto debe hacerse de manera casual. Las manos pueden tocarse al intentar coger un producto (coqueteo de alto nivel), roces sutiles en pasillos abarrotados o contactos en el subsuelo de los estantes donde prima el equilibrio.

Una de las estrategias más exitosas es la de la botella de agua de 8 litros. Estaréis pensando ya está, la estrategia de la mujer desvalida que no puede con objetos pesados en pleno S.XXI. No. Todo lo contrario. El plan se desarrolla así. Si ves a alguien que te gusta, colócate justo delante de él. Llevarás tu compra en el carrito y la botella de agua justo al lado. Cuando sea tu turno, coloca tu compra en la mesa y “olvida” la botella de agua. 

Hay tres opciones: Primera. El hombre suda de tu olvido. Por lo que el tío no merece la pena. Dos. Te recuerda amablemente que te has olvidado el agua, pero no hace ningún intento por cogerla. Es buena gente, pero probablemente no esté interesado. Tres. No sólo te avisa sino que, además, sube la botella a la cajera. Ha mordido el anzuelo. Muestra interés y da pie a iniciar una conversación. Y si todo va bien, siempre te puede llevar la botella, muy pesada( sí, en pleno S.XXI), hasta casa. 

Hay muchas más estrategias, claro, pero lo fundamental es que escojas la que a ti te sirva siguiendo las advertencias que os he dado. 

Lo dejo por hoy que me he extendido el triple de lo habitual (qué me pasa con las mujeres que no puedo dejar de hablar de ellas)

¡Un abrazote!

P.D. Me alquilo como Dummy de pruebas para que probéis vuestras propias estrategias de supersexing. Interesadas mandad un mensaje con el super y la hora.

miércoles, 12 de febrero de 2014

12 / 02 / 14


Cornerrollo diario

Conforme avanzamos como especie, nos llegan multitud de nuevas palabras que debemos incorporar a nuestro léxico diario. Palabras como ciclogénesis explosiva (tormenta del copón), Blogging (escribir en internet en vez de visitar a un psicólogo) o contrato laboral satisfactorio (desconocido) son ahora tan habituales como decir coliflor, canasta o “Mecagüenlosquemandan”.

Sin embargo, hay una que aún no se ha difundido (quizá incluso acuñado) que es el supersexting. Como sé que sois personas con bastante tiempo libre (estar leyendo esto es una prueba irrefutable), ahora os estaréis preguntando ¿qué es eso?, ¡ardo en deseos de saberlo!

Pues no es más que el antiguo arte de ligar en los supermercados. Y digo arte, pues no es innato, sino que lleva horas y horas de práctica el llegar a hacerlo mínimamente bien. ¿Pero cómo se hace? Aquí van unas ayuditas

Manual (sin ninguna garantía, sin ningún éxito del que presumir, sin ninguna prueba de que se haya probado) del Supersexing. Volumen I. Hombres.

Lo primero que hay que hacer es quitarse todas las inseguridades de encima. Soy pobre, no tengo nada que ofrecer, quién me va a mirar… Desengáñate. Nadie busca a su príncipe azul millonario en un Día. El super proporciona igualdad de condiciones. Si quieres excelencia, ve a la zona Gourmet del Corte Inglés.

Pasos básicos: Coge un carro de los grandes. Sí, ya sé, son un coñazo si el super es estrecho, nunca te acuerdas de dónde lo aparcaste y casi siempre te olvidas de llevar 1 euro para sacarlo. Pero es importante. Tu aspecto dirá tanto de ti como tu compra. Nadie mirará lo que llevas en uno de esos carros caniche. Necesitas promoción.

No acumules comida preparada, sobres o latas. Lo que ven es a un tipo solitario al que su madre hizo siempre la comida, o un loco que intenta abastecerse para sobrevivir al fin del mundo. Elige comida sana. Evita las carnes, aunque una buena tabla de patés puede sorprender. Acumula las verduras y la fruta, da igual cuáles siempre que estén en buen estado y sean de colores chillones, en lo alto del carro. Su reflejo mejorará tu cutis y el rojo y el verde darán un aspecto juvenil y esperanzador a tu estado de ánimo.

Pasea por el supermercado y lleva una lista. Dirá de ti que eres un chico centrado, que se marca objetivos.

Actúa de forma cortés. Colócate impidiendo el paso en un pasillo y no dejes pasar a abuelas, niños histéricos o albañiles en su tiempo de descanso. Espera a que pase alguien de tu gusto y sólo en ese momento, repito, sólo en ese instante, aunque tengas tras de ti a un enjambre de compradores cabreados, desplaza el carro y, con una gran sonrisa (ni caníbal, ni con la boca totalmente abierta, sonrisa de embarazosa timidez) aparta el carro. Un lo siento, no me había dado cuenta de que obstaculizaba el pasillo bastará como primera toma de contacto.

También puedes utilizar la baza del generoso. Colócate ante un estante con alimentos básicos (digamos arroz). Esconde todos los productos y deja un solo paquete. Lucha a muerte con el reponedor si es necesario. Está mal pagado y no tiene ganas de discutir con un loco. Y espera. Espera. Espera. Si alguien que no debe quiere apoderarse del paquete, gruñe con fuerza. A los perros les sirve. No mees, los humanos somos inmunes a las marcas de orina. En cuanto veas a un objetivo, lánzate como un rayo y apodérate del paquete. Al verla, finge sorpresa y disgusto por tu actuación. Y tras dudar un instante, ofrécele el arroz en señal de disculpa.

Aunque tengas que utilizar a un niño como pie, ayuda a toda mujer que no llegue a lo alto de un estante.

Por último, no acumules demasiada compra. No quieres tener que dejar pasar a alguien que te gusta en la cola, porque sólo lleva un pimiento. Es un gesto bonito pero inútil. En cuanto pague, se irá y olvidará tu generosidad. Muestra de forma exagerada tu tarjeta del supermercado. Indica que eres un comprador habitual, fiable, ahorrador y que pueden volver a encontrarte si vuelven.

Si algo de esto funciona, por favor, decídemelo. Estoy deseando probarlo.

¡Un abrazote!

P.D. Mañana, manual para mujeres. Lo juro por Wert.
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